Miedo o las ventanas que se espejan.

Son gritos, gritos muy gritados.

Gritos de gato

o de un bebé.

Se parecen mucho los maullidos de un gato en celo con los estrépitos de un recién nacido.

Gritos y la casa sola.

Una terraza quien sabe donde y un patio central lleno de plantas cubiertas de telarañas perfectas con sus dueñas amaneciendo entre el aloe vera y la albahaca y tomillo (que plantó alguien alguna vez)

y muchas ventanas enfrentadas, espejándose,

como otro, reflejo de uno mismo abriendo los postigos esculpidamente simétricos del otro lado.

Los gritos se extienden.

Y esta oscuro.

No quiero prender luces, a pesar del miedo.

No hay cosa que me aterre más que la luz. Siempre preferí no ver y cuando vi preferí callarlo.

Pero no suelo ver, solamente hablar.

Bla bla bla.

Un maullido o un quejido otra vez.

Y el sillón que cada vez se oscurece más conmigo arriba, sosteniendo los parpados pegados y las pestañas arqueadas por el frío del miedo.

Afuera, en el corredor, llueve.

Hay una parte sin techo por donde los desprevenidos se mojan

y los que saben se cubren y evitan la humedad.

Llueve en la pieza, desde abajo de la cama,

llueve todo.

Llueven huesos camuflados en cuentos,

que cuento así porque duelen los recuerdos lavados, por eso los transformo en cuentos, para que no hieran ni se olviden.

Llueve en el baño.

Llueven toallas por las paredes,

chorrean

enjabonadas

las lagrimas de los caños,

la luz incandescente riega todo y me empapa de momentos,

de letargos,

de olores,

me empapa y lo sé porque es la única luz que llega hasta los pies del sillón.

Llueve la estufa, llueve aire nevado.

De las hornallas llueve pánico.

De mis oídos llueve espera.

De algún lugar muy próximo gritos.

Están más cerca.

Los gritos ahora están más cerca.

Las ventanas revientan, casi explotan.

Lo espejado se vuelve veneno

y los vidrios se clavan en cada tiempo.

Llueven los cortes, diluvia la sangre.

La tranquilidad del inquilino en su sillón se ha hecho presa de los lamentos de algún huérfano

o de un gato enmarañado en una bola con más gatos.

Y se acercan más.

Tocan la puerta.

Son los del sueño que soñé la otra noche.

Los espío por la mirilla:

son ellos, con sus capuchas y sus cámaras antiguas. Vienen a robarme la sensatez. Vienen a cobrar las altísimas expensas de las que tanto me quejo. Si, yo lo sabía.

Puedo escaparme o dormirme en el sillón. Pero entonces me van a comer los gritos.

Una eternidad alquilada o el dueño del "no estoy más".

Los gritos aumentan, los postigos van invadiendo el ruido con sus golpes, rechinantes, secos.

Están lamiéndome la oreja,

como si tuviese un par de auriculares puestos con dos púas en lugar de almohadillas.

Están en las ventanas,

es un niño perdido

o la excusa de los ojos brillosos de la noche lluviosa.

Llueve el miedo, en colores verdes que tragan la mesa,

la cama,

el baño entero,

la estufa

y me pasan las narices por las plantas de los pies descalzos.

La puerta suena más fuerte, están por abrirla.

Vuelo. Entro en la luz verde y ruedo por la ventana con un salto.

El nuevo inquilino apoya una valija a un costado, cierra la puerta y se acomoda.

Vuelve la oscuridad a la casa.

Unos segundos para él en los que se saca los zapatos, recorre los cuartos y se acomoda en el sillón. Tiene la cabeza húmeda, como si se hubiese mojado con la lluvia.

Se duerme. Se mueve nervioso. Se despierta agitado. Se queda pensativo en el sillón y algo interrumpe la calma.

Son gritos, gritos muy gritados.

Gritos de gato

o de un bebé.

Se parecen mucho los maullidos de un gato en celo

con los estrépitos de un recién nacido.

Gritos de mi garganta, desde el descanso de alguna de las ventanas que se espejan.

Gritos

y otra vez la casa sola.

Patricio Ruiz.

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