Hay fotos quemadas en la cabeza, muchas,
y se duermen en la nariz, como alfombrando la respiración con un día en particular, en el que respirar no era necesario, ni dormir, ni siquiera las fotos.
Hubo un tiempo donde pelear era necesario.
Hubo un tiempo donde vivíamos de las diferencias,
el grito superpuesto con el grito de una rubia despeinada que buscaba tu cabeza para dejarnos más lejos de todos, más lejos y sin nadie.
Éramos como los bichos bolitas que sacábamos de las lajas tornasoladas,
bichos bolitas de la humedad
que se cierran cuando se molestan,
se hacen bola, y más bola.
Una cochinilla, de ese llanto que levantó la pintura de tu cara.
Hoy volví al patio de las lajas, y las levante una por una.
No había nada.
Barro seco.
Raíces secas.
Busque un lugar para sentarme y me quede viendo los espacios donde rodábamos en el orgullo por una calle muy empinada y nos sobreponíamos todos lastimados,
con los huesos repletos de termitas,
que no pueden contraerse como los bichos que sacábamos del patio y observábamos incandescentes tirados boca abajo. Hundí la cabeza entre las piernas, para dejarme llorar, y vi rodar una esfera gris diminuta hasta mi pie.
"Hola".
"Hola, ¿dónde estabas?".
Extrañado, siempre extrañado con esos isópodos que se cierran y se abren, le respondí que estaba lejos y desperezándose se fijo en mis manos, y los pelos que llegaban a mi mano.
"Tenés pelo en las manos".
"Si, tengo pelo en las manos. ¿Desde cuándo hablás?".
"Nosotros siempre hablamos".
"¿Y por qué no dijeron algo antes,
por que no hablaron, o susurraron algo,
algo que nos salvara?".
"Porque los que no sabían hablar eran ustedes". Empezó a reírse. "Soy el único que queda, los otros se mudaron al patio de al lado, pero sabía que ibas a volver
con ella".
"Volví solo, sabías que iba a volver solo".
"Ella me acaba de desenterrar, y ahí está".
"No está".
"Si está".
Y ahí te encontré. Se hizo a un lado y apareciste.
Tirada, hecha un ovillo, entre las lajas, sucia, con el vestido con el que te recordaba, eras esa nena con frío en plena pesadilla buscando bichos bolita, sorprendiéndote de la capacidad de defenderse de esos seres al picarlos con una rama.
Hubo una época en la que necesitábamos contrastarnos, y la batalla sin importancia era una fantasía de victoria de algún orgullo esférico, como de ciclo. Eras una casi adolescente otra vez, y seguías buscando la solución en una buena defensiva, donde nadie entre, donde nada entre.
Así éramos nosotros, los héroes de la escaramuza.
No esperé mucho más, corrí y te alcance.
Y tu piel seguía pálida y sin sol.
Nos abrazamos, yo más fuerte,
y el pelo de mis manos se desvaneció,
el cuerpo se achicó,
y quedamos bañados del cuerpo de las cochinillas de la humedad, de los bichos bolitas del patio de las lajas durante toda la tarde,
juntos, en la riña,
pegando nuestros dedos,
mostrándonos los dientes.
Te toqué el pelo
y me pegaste en la nariz.
Estornudé.
Te reíste en mudo.
Me sonrojé.
Te reíste en mudo más fuerte.
Y apareció otra vez.
"Hora de crecer" dijo aquel que desenterraste, y hasta creí verlo sonreír. Te subiste al cúmulo de crustáceos y
seguiste sonriendo con el vestido volando de tanto en tanto, y te llevaron lejos casi hasta donde había pasto y desapareciste con ellos mientras veía mis manos que se cubrían de vello otra vez.
Patricio M. Ruiz.
