Beatriz.

Los hechos enumerados no están claros, simplemente son rumores de aquel Sábado al mediodía.

Cuando salió de su casa por Nogoyá ya no tenía pelo.

Estaba totalmente calva.

Cuando cruzó Bolivia ya no tenía uñas, su piel empalidecía, casi al punto de llegar a ser transparente. En el quiosco de la esquina posterior pidió unos Camel Box y negaron con la cabeza a través de la reja, porque no tenían Camel ni ningún otro cigarrillo Box. Sin rulos ni orejas, ni dedos en las manos, siguió en dirección a las vías. Cuando las cruzo no tenía ya brazos ni dientes y antes de llegar a Nazca su cabeza no existía.

Con lo poco que le quedaba de pies empujó su carne y a unos metros del quiosco de Nazca y Nogoyá sus piernas se fueron y los testigos cuentan que cayó haciendo un ruido monstruoso que no se puede reproducir con la caída de ningún otro objeto o ser vivo.

Esa es la historia del torso encontrado en la avenida Nazca al que luego identificaron como una tal Beatriz de treinta y tantos años.

Patricio M. Ruiz.

Los de Maipú.


Los de la puerta marrón de la calle Maipú al novecientos van a ver las manchas en la vereda mañana temprano: saliva amontonada disecándose al sol. Y no van a saber que fui yo el que escupió.

No van a saber que pasé caminando por la puerta, ni van a saber que me quede viendo la luna parecida a una uña mal comida desde la pirca de su casa.

No van a saber que me enamoré en su entrada, que tuve frío y mentí por miedo. Que perseguí a una gata peluda hasta un árbol ciego en el que se metió y no salió. Que hundí mi cabeza y me fijé entre las ramas, no había gata ni pelo. Solamente un nido de ranas.

Que no había felino viejo sino que yo maullaba para mantenerlos despiertos.

Que no había parca ni luz mala; que mi capucha y una linterna pueden mucho más que eso.

Que me dio lástima un cretino que tienen por vecino, y hasta lo saludé con una sonrisa.

Nunca se van a enterar que me salgo de mi cama caliente, que me subo en mis dos pies ydesvalijo mi artificio justo delante de su puerta y que cuando grito como chancho con cadenas, según dicen que es mi andar, es para que se mantengan alerta. Que por momentos les susurro en la ventana con persianas blancas, que les cuento sobre el mundo y el tiempo, que me arranco unas cuantas flores del pecho y se las dejo adornando la entrada. Y no se molestan en pensar, más bien es un milagro, esas flores no existen: solamente yo las conozco y no saben, los de Maipú al novecientos, que soy yo el que se las va dejando. Les dejo esas flores tan azules que sangran algo parecido a la tinta y cuando la más pequeña de la familia las recoge le mancha el vestido, por lo general blanco, que lleva puesto los domingos y llora porque lo azul que se pone violáceo y luego rojo y sabe que no le va a salir más, porque hace eternidades que surto de flores a los que viven ahí.

No van a saber que los fantasmas no existen. Que los vidrios los rompo yo con un martillo y que las voces roncas son mis coplas sobre las anteriores noches sentado ahí.

Mañana cuando vean su arbolito acostado sobre el piso van a pensar en el temporal y no van a saber que después de un buen rato las ranas cantaban tan alto que me aturdieron, que metí la cabeza por entre los agujeros de la copa e ignorando mi pedido de silencio tuve que subirme a matarlas, que fue una verdadera pelea, que las hojas no resistieron y que la gata precipitó pelada tronco abajo entre distintos verdes, que me dejó un ardor en el brazo izquierdo con forma de cruz.

Cuando el padre se ponga el saco azul y se peine el bigote y escuché el asco contenido, por su esposa o alguna de sus hijas, va a ver el amontonamiento de saliva pero no va a saber que fui yo el que la escupió.

Patricio Ruiz.

Silencio.


El invierno disfrazado de otoño,
vos dibujado en un cuaderno viejo,
yo soplando las velitas de algún cumpleaños al que no fuiste,
la vieja de arriba gritando bingo con sus amigas,
el reloj naranja de la cocina que se para siempre a las tres y media,
la heladera con verdura achicharrada por el tiempo y el frío,
la música tan baja que no se sabe quien canta,
aquellos suspirando el polvo de los libros románticos,
la película sin que nadie la vea,
el sillón lleno de manchas amarillas,
la comida en la mesa, sin plato, sobre el mantel,
la esquina perdida en la neblina,
el otro durmiendo tranquilo en su cama,
la mierda acumulandose en el baño,
el vidette tranformandose en revistero,
mis viejos tan lejos que no se darían cuenta aunque se lo gritara desde acá,
los peces pescados,
el agua sucia y en un pozo,
la muerta naciendo de nuevo,
la piedra gris e inerte volando hasta la cabeza de una puta,
mis zapatillas con olor a humedad y mucho barro pegado,
el piso empantanado de ausencia,
Marina huyendo al bosque,
los abuelos perdidos en algún recuerdo mugriento,
todos los juguetes donados,
las oraciones que se susurran de una cama a la otra vacías y sin verbos,
quien quiera que sea esa que trajiste se esta peinando en el ropero,
y vos que no salís de esa hoja,
despertarte bien despierto
y con la vista bien enfocada,
que no quedan lenguas en el tarro,
que no quedan más pasos de baile,
y que siento que hay minutos
que parecen décadas,
y siglos
que parecen horas,
que si me pongo los anteojos veo menos,
y que comerse las uñas no extermina los nervios:


coloreate y respirá,
que no sé contar más que hasta diez,
y algo me hace pensar que ya estamos solos.


Patricio M. Ruiz.