
PATRICIO M. RUIZ en Primavera Lesbica!
Patricio M. Ruiz y Tardes con Lolet y sus Amigxs.
Primavera Impuntual.
Un par, Hoy esperé sentado. Y esperé. Vi unas cuantas veces hacia las esquinas que siempre doblan, que siempre giran en torno a algún tipo de zona desconocida. Vi la fusión de los cuerpos redondeados, las tortugas mudar de caparazón, las ideas freírse y un plato de flores negras para acompañarlas.
para hacer pis de pie,
se abre una ventana,
una ventana azul.
Espero, esperé, espero. Y hecho al cielo rosado un vistazo que se destruye contra los taco agujas de algún arcángel maricón que guiña un ojo y se caen sus pestañas. Todos se amontonan a buscar las pestañas del ángel, para pedirles deseos, como se le pide a los tréboles, a las vacas de san Antonio, a alguna fuente con monedas, a algún duende si se lo ve.
Cae la noche dicen, pero el que en verdad cae es el sol. El sol siniestro. Supongo que algún día me animare a decir que la noche se levanto, pero mientras tanto, mientras el equinoccio lluvioso busca en su cabeza difusa alguna excusa, voy a contar los pines de mis bandas favoritas que perdí en algún pogo de tipo lunar, y así, tal vez me distraiga en la espera.
Cubierta,
cubierta de leche,
se peina el pelo azul donde le navegan los fantasmas de todos los muertos que se van durante su gobierno.
Se peina
se peina con espuma
La distancia.
Para el país del sol de noche,
donde duermen sin parpados,
es la misma distancia,
de acá para allá,
que de allá para acá.
El problema es la cárcel
que representa el allá,
porque de acá se vuelve,
y de allá no.
La distancia:
una carga de adrenalina
y el pelo teñido de gris
por un último grito agudo,
cerrar las manos alrededor
de otra mano
y dejar a los nervios
expuestos a su suerte.
Patricio M. Ruiz
Patricio M. Ruiz y Desobedientes EnRADIO.
La Bestia.

El problema de la bestia es respirar. Cuando respira la bestia hace mucho ruido, como el viento pasando por una cueva en el mar, llena de arena y salitre, y si no respira la bestia esta muerta.
Tiene garras y colmillos, y una voraz atracción por los moretones y los sobresaltos.
Hay siestas en las que ni siquiera miro a quien tengo al lado,
simplemente dejo que comparta la cama conmigo. Pero esta bestialidad era distinta.
Tus clavículas eran únicas, singulares, y no podía esperar más.
Fueron dos o tres siestas, tal vez hubo una cuarta en la que vos dormías y yo te clavaba la vista, y por eso no puedo llamarla siesta,
pero no pude evitar
chuparte las clavículas
acabar sin vos
y dejarte la marca de mis dientes
casi hasta astillarte el pecho.
Me corrí a un lado, casi desnudo, tapado por el invierno, y te despertaste gritando, viendo la sangre que te resbalaba sobre la tetilla y llegaba hasta tu ombligo. Mis dientes te quedaron grabados sobre el cuello y más abajo, sobre el instante en que te vi bajo tanta vulnerabilidad.
No hablaste.
No lloraste.
No me reconociste.
En tu mirada nacía una pregunta, y me pare frente a vos, en la cama y desnudo te respondí:
soy un instante cualquiera en la vida de un picaflor,
ese segundo de un día de existencia, mil vidas por segundo aturdiendo las palmeras de un caribe al que no vamos a llegar
y las copas de los bosques que cultivas en tu cabeza.
Y a veces soy el río que se apresura sobre los bordes y dobla tus arcadas, pero solo cuando te acostás sobre mi almohada que late y te dormís todos los sueños con las piernas trepándome como una enredadera.
Es ahí donde soy animal, en la espesura de palabras que se atrancan en la lengua sucia y roncan fuerte con sonido a bestia. Ese soy yo.
Soy esto, o la nada.
Y sin dejarme terminar me agarraste de la mano y me empujaste hacia vos.
Me susurraste algo al oído y creí sentir tus labios y lengua rozándome la oreja,
y dos minutos después, dos o tal vez muchísimo menos, mis dientes volvían a clavarse sobre tus clavículas hinchadas.
Patricio M. Ruiz.
Escaramuzas.
Hay fotos quemadas en la cabeza, muchas,
y se duermen en la nariz, como alfombrando la respiración con un día en particular, en el que respirar no era necesario, ni dormir, ni siquiera las fotos.
Hubo un tiempo donde pelear era necesario.
Hubo un tiempo donde vivíamos de las diferencias,
el grito superpuesto con el grito de una rubia despeinada que buscaba tu cabeza para dejarnos más lejos de todos, más lejos y sin nadie.
Éramos como los bichos bolitas que sacábamos de las lajas tornasoladas,
bichos bolitas de la humedad
que se cierran cuando se molestan,
se hacen bola, y más bola.
Una cochinilla, de ese llanto que levantó la pintura de tu cara.
Hoy volví al patio de las lajas, y las levante una por una.
No había nada.
Barro seco.
Raíces secas.
Busque un lugar para sentarme y me quede viendo los espacios donde rodábamos en el orgullo por una calle muy empinada y nos sobreponíamos todos lastimados,
con los huesos repletos de termitas,
que no pueden contraerse como los bichos que sacábamos del patio y observábamos incandescentes tirados boca abajo. Hundí la cabeza entre las piernas, para dejarme llorar, y vi rodar una esfera gris diminuta hasta mi pie.
"Hola".
"Hola, ¿dónde estabas?".
Extrañado, siempre extrañado con esos isópodos que se cierran y se abren, le respondí que estaba lejos y desperezándose se fijo en mis manos, y los pelos que llegaban a mi mano.
"Tenés pelo en las manos".
"Si, tengo pelo en las manos. ¿Desde cuándo hablás?".
"Nosotros siempre hablamos".
"¿Y por qué no dijeron algo antes,
por que no hablaron, o susurraron algo,
algo que nos salvara?".
"Porque los que no sabían hablar eran ustedes". Empezó a reírse. "Soy el único que queda, los otros se mudaron al patio de al lado, pero sabía que ibas a volver
con ella".
"Volví solo, sabías que iba a volver solo".
"Ella me acaba de desenterrar, y ahí está".
"No está".
"Si está".
Y ahí te encontré. Se hizo a un lado y apareciste.
Tirada, hecha un ovillo, entre las lajas, sucia, con el vestido con el que te recordaba, eras esa nena con frío en plena pesadilla buscando bichos bolita, sorprendiéndote de la capacidad de defenderse de esos seres al picarlos con una rama.
Hubo una época en la que necesitábamos contrastarnos, y la batalla sin importancia era una fantasía de victoria de algún orgullo esférico, como de ciclo. Eras una casi adolescente otra vez, y seguías buscando la solución en una buena defensiva, donde nadie entre, donde nada entre.
Así éramos nosotros, los héroes de la escaramuza.
No esperé mucho más, corrí y te alcance.
Y tu piel seguía pálida y sin sol.
Nos abrazamos, yo más fuerte,
y el pelo de mis manos se desvaneció,
el cuerpo se achicó,
y quedamos bañados del cuerpo de las cochinillas de la humedad, de los bichos bolitas del patio de las lajas durante toda la tarde,
juntos, en la riña,
pegando nuestros dedos,
mostrándonos los dientes.
Te toqué el pelo
y me pegaste en la nariz.
Estornudé.
Te reíste en mudo.
Me sonrojé.
Te reíste en mudo más fuerte.
Y apareció otra vez.
"Hora de crecer" dijo aquel que desenterraste, y hasta creí verlo sonreír. Te subiste al cúmulo de crustáceos y
seguiste sonriendo con el vestido volando de tanto en tanto, y te llevaron lejos casi hasta donde había pasto y desapareciste con ellos mientras veía mis manos que se cubrían de vello otra vez.
Patricio M. Ruiz.
Cristian.
Intente ayudarlo, intente, pero caminé muy lentamente, y no estiré lo suficiente la mano. Vi como se desintegraba en el aire, convirtiéndose en ruido y luciérnagas flotantes, y lo que quedó de él en espuma de mar.
Era tarde de noche, y estaba todo cerrado, era un día de semana. No tenía otro amigo, y no tenía plata. No había de donde sacar algo de alcohol, y la arena molestaba a los ojos cuando la traía el viento.
El mar en invierno siempre me generó nostalgia, sobretodo por la noche, cuando se ven los tajos de las olas en el medio del negro mezcla de agua y cielo, con más agua contenida, enrojeciendose por los rayos.
Él había decidido dejar la revolución para momentos de ocio, como hobbie. Una estampilla de revolución, algo más o menos parecido a lo mío, con menos olvidos y más aciertos.
Estuve esperando aquel día desde que me susurró que estaba cansado. Y desde entonces le prometí salidas y borracheras, hombres y más hombres, todos bien formados, muy masculinos, sudados, limpios también por si sudados no le gustaban, todos desnudos en una cama llena de olor a sexo, porque si había algo que le gustaba de coger, era el olor que quedaba después de haberlo hecho.
Y se tiró. Una vez lo vi convertirse en un pájaro negro con halos azules. Pero no pudo volar, tenía un ala rota. Intento mil veces agitar las plumas para salir por la ventana del pulmón del edificio en el que vivíamos. Pero fracaso. Por un momento cuando se despidió supuse que era una broma, aunque el nunca hacía chistes, y que habiendo aprendido a volar, me iba a dar una gran muestra de su nuevo conocimiento. Pero se fugo, en espuma, luciérnagas y ruido. La espuma del mar que tanto quería, las luciérnagas para seguir llevando luz a los lugares oscuros arrastrado por el aire, y el ruido para recordarme que siempre estaría, metido en el medio, como todo ruido sordo y de voz gruesa.
Me fui, del acantilado, y me adentré en la avenida, mojada, sin autos.
No retrocedí, ni me di vuelta sobre mi propio eje, ni miré de reojo. Solamente sentí el fuego al cruzar una frontera invisible que el y yo habíamos trazado, y sencillamente, me olvide lo que era sufrir.
Camila quiere saltar el muro.
La casa esta ordenada en su propio desorden, como un caos meticuloso, borroso pero visible.
Y su pelo, con olor a madera de escenario. Ahí va, con el gusto del cristal humedecido, partido y agrietado, dejando pasar su centro liquido entre el paladar y la lengua.
La estoy corriendo por detrás como cuando eramos chicos y no nos conocíamos, yo quería atrapar siempre a alguien como Camila.
Se congela y yo sigo corriendo, me olvidé de ella, atrás, giro para encontrarme con su cara envuelta en transpiración, pero no me mira, esta concentrada en la medianera blanca por la que se proyecta una red de rosas sobre un aljibe por el que se enreda un jazmín chino y llega hasta la parra que hace techo sobre quien sabe que.
Siempre dice que quiere llegar a Berlín, Londres, París, quiere conquistar occidente y oriente, escalar los ladrillos y tirarse sin ver al otro lado de la medianera, esperando que allá sea su lugar.
Lo sé porque habla dormida, y muchas veces cuando se duerme y yo ando cerca me quedo dibujando sus cuentos que narra desde la vigilia, sin hacer ruido, para no despertarla.
Creo que una vez me vio y cerró los ojos. Pudo haber sido por mi cara roja, pudo darle miedo un hombre medio escondido entre sombras y entregarse a lo que la suerte o él quisieran, o tal vez, por como siguió hablando dormida, actuando para dejarme dibujar sus sueños de revolución un rato más, sueños donde explotaban Iglesias llenas de mandamientos y ponía en su lugar un campo lleno de tréboles, sueños donde el día de saltar la medianera estaba tan cercano que ya había pasado.
Y yo voy a seguirla, ese día, el día que Camila decida irse, voy a estar yo atrás viendo su pelo ondulado deshacerse en el viento y su mano apretando la mía durante la caída, llenando el vacío con luz.
Patricio M. Ruiz.
Camila fragmentada. Primera historia.
Fin, principio y fin del pez volador.
Soy el pez que contruye un nido. Un nido de pájaro con escamas gruesas. Gruesas las lágrimas del mar quebrado por la mitad. Mitad de lugares que había nadado pero jamás volado. Volado o no sigo respirando por branqueas que se cierran y se abren, y no hay nada más. Más paja necesito si quiero que no me agarre la noche a medio terminar. Terminar porque nunca me gustaron las cosas a medio hacer ni las botellas a medio llenar. Llenar el nido con lágrimas otra vez para no morir de sequía. Sequía por la que, ironicamente, viviendo entre corrientes calidas me deje comer. Comer, y vomitar, comerme a mi mismo, a mis aletas, a mis burbujas, ni una sola alga bailando para arriba, acá las algas no se peinan, se caen por su propio peso. Peso a peso ir pagando, desde lo más denso hasta lo más amargo. Amargo el sonido de los pájaros que me señalan como el distinto. Distinto sería si me dejo cazar y ser alimento de pichones malcriados. Malcriados mis pensamientos y caprichoso de ser lo que en verdad soy. Soy el pez que construye un nido. Un nido de pájaro con escamas gruesas. Gruesas lágrimas del mar quebrado por la mitad.
Patricio M. Ruiz.






