Primavera Impuntual.

Un par,
un par de zapatos,
zapatos violetas.
El pelo,
el perlo corto,
corto hasta los hombros.
Un retazo de sol
grabando la sombra de sus dedos huesudos,
bronceando su piel transparente,
rayos x y puedo ver su falda
sin estrenar.

Hoy esperé sentado. Y esperé. Vi unas cuantas veces hacia las esquinas que siempre doblan, que siempre giran en torno a algún tipo de zona desconocida. Vi la fusión de los cuerpos redondeados, las tortugas mudar de caparazón, las ideas freírse y un plato de flores negras para acompañarlas.

Jeans abajo
para hacer pis de pie,
parada, con una destreza adquirida con el hartazgo de cubrir el perímetro de algún baño público con papel higiénico del que se lleva doblado en la cartera, si es que se tiene una.
Se abre,
se abre una ventana,
una ventana azul.

Espero, esperé, espero. Y hecho al cielo rosado un vistazo que se destruye contra los taco agujas de algún arcángel maricón que guiña un ojo y se caen sus pestañas. Todos se amontonan a buscar las pestañas del ángel, para pedirles deseos, como se le pide a los tréboles, a las vacas de san Antonio, a alguna fuente con monedas, a algún duende si se lo ve.

Cae la noche dicen, pero el que en verdad cae es el sol. El sol siniestro. Supongo que algún día me animare a decir que la noche se levanto, pero mientras tanto, mientras el equinoccio lluvioso busca en su cabeza difusa alguna excusa, voy a contar los pines de mis bandas favoritas que perdí en algún pogo de tipo lunar, y así, tal vez me distraiga en la espera.

Cubierta,

cubierta de leche,

de leche de jazmín chino,

se peina el pelo azul donde le navegan los fantasmas de todos los muertos que se van durante su gobierno.

Se peina

se peina con espuma

con espuma de jazmín y apura el paso,
porque va llegando tarde.
Patricio M. Ruiz.


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