La casa esta ordenada en su propio desorden, como un caos meticuloso, borroso pero visible.
Y su pelo, con olor a madera de escenario. Ahí va, con el gusto del cristal humedecido, partido y agrietado, dejando pasar su centro liquido entre el paladar y la lengua.
La estoy corriendo por detrás como cuando eramos chicos y no nos conocíamos, yo quería atrapar siempre a alguien como Camila.
Se congela y yo sigo corriendo, me olvidé de ella, atrás, giro para encontrarme con su cara envuelta en transpiración, pero no me mira, esta concentrada en la medianera blanca por la que se proyecta una red de rosas sobre un aljibe por el que se enreda un jazmín chino y llega hasta la parra que hace techo sobre quien sabe que.
Siempre dice que quiere llegar a Berlín, Londres, París, quiere conquistar occidente y oriente, escalar los ladrillos y tirarse sin ver al otro lado de la medianera, esperando que allá sea su lugar.
Lo sé porque habla dormida, y muchas veces cuando se duerme y yo ando cerca me quedo dibujando sus cuentos que narra desde la vigilia, sin hacer ruido, para no despertarla.
Creo que una vez me vio y cerró los ojos. Pudo haber sido por mi cara roja, pudo darle miedo un hombre medio escondido entre sombras y entregarse a lo que la suerte o él quisieran, o tal vez, por como siguió hablando dormida, actuando para dejarme dibujar sus sueños de revolución un rato más, sueños donde explotaban Iglesias llenas de mandamientos y ponía en su lugar un campo lleno de tréboles, sueños donde el día de saltar la medianera estaba tan cercano que ya había pasado.
Y yo voy a seguirla, ese día, el día que Camila decida irse, voy a estar yo atrás viendo su pelo ondulado deshacerse en el viento y su mano apretando la mía durante la caída, llenando el vacío con luz.
Patricio M. Ruiz.
Camila fragmentada. Primera historia.