Reseña Tyndall por Matías Marmorato.

Patricio Ruiz sabe que el encierro es un animal al que paradójicamente hay que dejar suelto. Y los animales de Tyndall son críptidos, animales ocultos, quizás inexistentes, esperando ser revelados. Ruiz cría los textos con alimento desbalanceado, las palabras se persiguen unas a otras, espiraladas se muerden la cola, como perros amarillos y justo antes de caer exhaustas al suelo sucede el milagro: renace clara la narrativa y nosotros buscamos el rincón más apropiado para lamernos las heridas, entre dolidos y reconfortados.

Matías Marmorato.

Miedo o las ventanas que se espejan.

Son gritos, gritos muy gritados.

Gritos de gato

o de un bebé.

Se parecen mucho los maullidos de un gato en celo con los estrépitos de un recién nacido.

Gritos y la casa sola.

Una terraza quien sabe donde y un patio central lleno de plantas cubiertas de telarañas perfectas con sus dueñas amaneciendo entre el aloe vera y la albahaca y tomillo (que plantó alguien alguna vez)

y muchas ventanas enfrentadas, espejándose,

como otro, reflejo de uno mismo abriendo los postigos esculpidamente simétricos del otro lado.

Los gritos se extienden.

Y esta oscuro.

No quiero prender luces, a pesar del miedo.

No hay cosa que me aterre más que la luz. Siempre preferí no ver y cuando vi preferí callarlo.

Pero no suelo ver, solamente hablar.

Bla bla bla.

Un maullido o un quejido otra vez.

Y el sillón que cada vez se oscurece más conmigo arriba, sosteniendo los parpados pegados y las pestañas arqueadas por el frío del miedo.

Afuera, en el corredor, llueve.

Hay una parte sin techo por donde los desprevenidos se mojan

y los que saben se cubren y evitan la humedad.

Llueve en la pieza, desde abajo de la cama,

llueve todo.

Llueven huesos camuflados en cuentos,

que cuento así porque duelen los recuerdos lavados, por eso los transformo en cuentos, para que no hieran ni se olviden.

Llueve en el baño.

Llueven toallas por las paredes,

chorrean

enjabonadas

las lagrimas de los caños,

la luz incandescente riega todo y me empapa de momentos,

de letargos,

de olores,

me empapa y lo sé porque es la única luz que llega hasta los pies del sillón.

Llueve la estufa, llueve aire nevado.

De las hornallas llueve pánico.

De mis oídos llueve espera.

De algún lugar muy próximo gritos.

Están más cerca.

Los gritos ahora están más cerca.

Las ventanas revientan, casi explotan.

Lo espejado se vuelve veneno

y los vidrios se clavan en cada tiempo.

Llueven los cortes, diluvia la sangre.

La tranquilidad del inquilino en su sillón se ha hecho presa de los lamentos de algún huérfano

o de un gato enmarañado en una bola con más gatos.

Y se acercan más.

Tocan la puerta.

Son los del sueño que soñé la otra noche.

Los espío por la mirilla:

son ellos, con sus capuchas y sus cámaras antiguas. Vienen a robarme la sensatez. Vienen a cobrar las altísimas expensas de las que tanto me quejo. Si, yo lo sabía.

Puedo escaparme o dormirme en el sillón. Pero entonces me van a comer los gritos.

Una eternidad alquilada o el dueño del "no estoy más".

Los gritos aumentan, los postigos van invadiendo el ruido con sus golpes, rechinantes, secos.

Están lamiéndome la oreja,

como si tuviese un par de auriculares puestos con dos púas en lugar de almohadillas.

Están en las ventanas,

es un niño perdido

o la excusa de los ojos brillosos de la noche lluviosa.

Llueve el miedo, en colores verdes que tragan la mesa,

la cama,

el baño entero,

la estufa

y me pasan las narices por las plantas de los pies descalzos.

La puerta suena más fuerte, están por abrirla.

Vuelo. Entro en la luz verde y ruedo por la ventana con un salto.

El nuevo inquilino apoya una valija a un costado, cierra la puerta y se acomoda.

Vuelve la oscuridad a la casa.

Unos segundos para él en los que se saca los zapatos, recorre los cuartos y se acomoda en el sillón. Tiene la cabeza húmeda, como si se hubiese mojado con la lluvia.

Se duerme. Se mueve nervioso. Se despierta agitado. Se queda pensativo en el sillón y algo interrumpe la calma.

Son gritos, gritos muy gritados.

Gritos de gato

o de un bebé.

Se parecen mucho los maullidos de un gato en celo

con los estrépitos de un recién nacido.

Gritos de mi garganta, desde el descanso de alguna de las ventanas que se espejan.

Gritos

y otra vez la casa sola.

Patricio Ruiz.

Cocodrilos en las palabras.

Me había olvidado lo egoísta que era con las palabras. Por costumbre, por referencia.
No recordaba su cara tan parecida a la mía, ni su cuello alargado, ni sus letras de gancho sacudiendo el papel.
Las tardes en su cama, y su música dibujada sobre ella, en la pintura en la que descansaba el reloj de arena, unas cuantas piedras acumuladas, los ojos difumados por el grafito.
Los músculos de su cara contrayéndose frente al espejo que llenaba de besos con rouge rojo, y se probaba vestidos que solo veíamos de vez en cuando, en épocas de fiesta.
No recordaba la avaricia de sus frases, tan suyas, tan poco permeables, tan grandes que se escribían sobre la piel. Entendí que no era mentira, eran los noventa y sus contenidos con faltas, las mías, los ancestros fluorescentes, los políticos de papel, el susurro mudo que escuchaba desde su ventana colgado en el descanso, y la televisión con el volumen muy fuerte, para que no se oyera que lloraba. Bailaba Madonna encerrada, eso decían.
Yo veía en su falda un libro forrado con el papel de telas de araña del colegio, y muchísimas cosas escritas en las hojas cuadriculada, con la palabra silencio repetida varias veces.
Su ida y su vuelta, sus peleas y enojos, las veces que lloraba con su cuerpo enorme sobre mis piernas que no llegaban a tocar el piso.
“Algún día te voy a contar un secreto”. Me inundaba las rodillas mojándome las medias. Y mis manos que tocaban su cabello rojo teñido de furia.
Tan sola y tan linda. Bailaba en tetas moviendo las caderas,
bing bang, le hacían los huesos en la galería con piso de ajedrez,
pisaba blanco,
pisaba negro
y se reía con la luz violeta escapándole de la boca.
Temblaba después de la ducha y dejaba que se le seque el pelo solo, largando el olor al shampoo de manzana.
Había una montaña de cocodrilos sobre sus cuentos, un parque de diversiones de animales que iban a ser carteras. Ella no regalaba ni un acento, no regalaba una coma, ni un punto y aparte.
No recordaba su cara, hacía tanto tiempo que el polvo no dejaba que se la vea.
Lenta volaba sobre las babas del diablo en verano, con un hilo de sol bañando su escritorio lleno de arte miniatura, que rezaba en sus partes que quedan archivadas en las arrugas de su frente:

Que vuele,
que vuele un lagarto,
y que llame al incendio.
Silencio.
Que el almuerzo esta listo,
y no estoy invitada.
Nunca me gustó la carne jugosa,
ni los platos hondos que escondí
en el bajo mesada.
Silencio.
Golpean la puerta,
creyendo que duermo.
Que vuele,
que vuele un lagarto
desde mi escritorio,
y que llame al incendio.
Que el fuego se coma todo.
Silencio.

Algún día te voy a contar un secreto.



Patricio M. Ruiz.

En la YPF.

El viejo entra temprano a ver un partido en la YPF, compra una medialuna con las monedas que saca del bolsillo, las cuenta en la mesa, la come despacio, siente los pedazos meterse en los agujeros de la boca, entre los dientes y las encías, y la deglute de a poco.

Más cerca del mediodía el viejo compra otra medialuna y un café con leche, se cambia de mesa, y ve la novela con la cajera que acaba de entrar al turno y que sabe que se llama Gabriela. Toma el café despacio, lo hace durar horas, y a la medialuna la pellizca casi hasta comer los átomos de ella. Mira una, dos, tres novelas. Sabe lo que pasa en la Brasilera, no entiende la Argentina, y la Peruana lo aburre.

A las cuatro de la tarde el viejo despide a Gabriela casi sin hablar porque ella no suele hablarle a el y agachando un poco la boina la ve cruzarse a esperar el colectivo que la lleva seguramente a su casa, con una familia, con un perro, con unas plantas.

A las seis de la tarde le quedan tres pesos, y cada media luna sale un peso con cincuenta. Compra una más y la come como la de la mañana, mientras ve el noticiero con el cajero con el que, cuando no toca un día pesado de trabajo o se olvida los auriculares en casa, hablan de football o algún otro deporte.

Cerca de las nueve la YPF cierra, y el cajero le vende la última medialuna mientras apaga el tele en el que comienza un programa de entretenimientos que al viejo le gusta porque pasan minas en tetas. Lo ve hasta que puede, pellizcando nuevamente la medialuna.

Se va a afuera, ve desde detrás de los vidrios que se empañan con la respiración, y se queda masticando hasta que se apagan todas las luces.

Saluda a los demás trabajadores que se quedan durante la noche y les dice que esta apurado y que tiene que irse, y que lo disculpen por no poder charlar esa noche, aunque casi nunca charla con ellos.

Llega a su casa, se saca los zapatos, sin lavarse los dientes, con el gusto de las medialunas que tanto le gustan se va a la cama y se queda en un silencio marrón sepia, suspirando hasta que se duerme, olvidándose de prender la tele y aunque sea temprano, porque, el viejo, a la mañana, entra temprano a ver algún partido a la YPF.

Patricio Ruiz. 

Tyndall (Bolsillo).


Pronto:

Tyndall de Patricio Ruiz.
Ilustraciones de Daniela Farinella.
Reseña de Matias Marmorato.
Diseño y diagramación de Nicolás Deshusse.

Edición de Ediciones Encendidas.

Tyndall.


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Las Tejas Negras.


Sube, sube, sube y se ahorca con su ansiedad.

Sube y silba un cantito negro. Silba la tierra que le entra en sus uniones, silba el tiempo.

Sube y no hay nada, nada entre sus piernas.

Solamente duerme una constelación de pájaros esdrújulos, azules como flores voladoras con lenguas de oro, licuados entre las mareas de su pelvis y el aire que le muerde las plantas arrugadas y asperas de los pies.

Desafía al puño con la cara, y se deja ensangrentar el vestido blanco con las rafagas rojas que mueven su pecho liso: que se olviden de nacer de su estomago sus hijos.

Corre, como silueta tuerta escapando de la sombra dulce, corre en espiral iluminada por los fuegos de una rebelión que la incendia entera, entera adentro, entera afuera; por los ojos de su casa circular se ven los rostros hundidos que se disputan el barro como chanchos devorando chanchos.

Corre sin darse a entender, pisando cada escalón hasta dejarlo muy abajo, busca despertar alguna leyenda congelada entre las tejas negras, un nido olvidado en las canaletas, tal vez una huella que borre lo inerte de sus suspiros disparados con polvora al pecho huesudo tendido en la cama del cuarto de invitados.

Llega a donde la luz ilumina. Llega y es reflejo de algo muerto que le sube, sube, sube desde sus constelaciones como fiera, sube, sube, sube como brotes secos en su piel escamada, y le sale del cuerpo, se transforma en soga que sube, sube, sube por su cuello y se aferra con ansias. Al instante algo pelvico la impulsa por la desmesura del techo de tejas negras y después la ahorca.

Patricio Ruiz.