Sube y silba un cantito negro. Silba la tierra que le entra en sus uniones, silba el tiempo.
Sube y no hay nada, nada entre sus piernas.
Solamente duerme una constelación de pájaros esdrújulos, azules como flores voladoras con lenguas de oro, licuados entre las mareas de su pelvis y el aire que le muerde las plantas arrugadas y asperas de los pies.
Desafía al puño con la cara, y se deja ensangrentar el vestido blanco con las rafagas rojas que mueven su pecho liso: que se olviden de nacer de su estomago sus hijos.
Corre, como silueta tuerta escapando de la sombra dulce, corre en espiral iluminada por los fuegos de una rebelión que la incendia entera, entera adentro, entera afuera; por los ojos de su casa circular se ven los rostros hundidos que se disputan el barro como chanchos devorando chanchos.
Corre sin darse a entender, pisando cada escalón hasta dejarlo muy abajo, busca despertar alguna leyenda congelada entre las tejas negras, un nido olvidado en las canaletas, tal vez una huella que borre lo inerte de sus suspiros disparados con polvora al pecho huesudo tendido en la cama del cuarto de invitados.
Llega a donde la luz ilumina. Llega y es reflejo de algo muerto que le sube, sube, sube desde sus constelaciones como fiera, sube, sube, sube como brotes secos en su piel escamada, y le sale del cuerpo, se transforma en soga que sube, sube, sube por su cuello y se aferra con ansias. Al instante algo pelvico la impulsa por la desmesura del techo de tejas negras y después la ahorca.
Patricio Ruiz.
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