Cocodrilos en las palabras.

Me había olvidado lo egoísta que era con las palabras. Por costumbre, por referencia.
No recordaba su cara tan parecida a la mía, ni su cuello alargado, ni sus letras de gancho sacudiendo el papel.
Las tardes en su cama, y su música dibujada sobre ella, en la pintura en la que descansaba el reloj de arena, unas cuantas piedras acumuladas, los ojos difumados por el grafito.
Los músculos de su cara contrayéndose frente al espejo que llenaba de besos con rouge rojo, y se probaba vestidos que solo veíamos de vez en cuando, en épocas de fiesta.
No recordaba la avaricia de sus frases, tan suyas, tan poco permeables, tan grandes que se escribían sobre la piel. Entendí que no era mentira, eran los noventa y sus contenidos con faltas, las mías, los ancestros fluorescentes, los políticos de papel, el susurro mudo que escuchaba desde su ventana colgado en el descanso, y la televisión con el volumen muy fuerte, para que no se oyera que lloraba. Bailaba Madonna encerrada, eso decían.
Yo veía en su falda un libro forrado con el papel de telas de araña del colegio, y muchísimas cosas escritas en las hojas cuadriculada, con la palabra silencio repetida varias veces.
Su ida y su vuelta, sus peleas y enojos, las veces que lloraba con su cuerpo enorme sobre mis piernas que no llegaban a tocar el piso.
“Algún día te voy a contar un secreto”. Me inundaba las rodillas mojándome las medias. Y mis manos que tocaban su cabello rojo teñido de furia.
Tan sola y tan linda. Bailaba en tetas moviendo las caderas,
bing bang, le hacían los huesos en la galería con piso de ajedrez,
pisaba blanco,
pisaba negro
y se reía con la luz violeta escapándole de la boca.
Temblaba después de la ducha y dejaba que se le seque el pelo solo, largando el olor al shampoo de manzana.
Había una montaña de cocodrilos sobre sus cuentos, un parque de diversiones de animales que iban a ser carteras. Ella no regalaba ni un acento, no regalaba una coma, ni un punto y aparte.
No recordaba su cara, hacía tanto tiempo que el polvo no dejaba que se la vea.
Lenta volaba sobre las babas del diablo en verano, con un hilo de sol bañando su escritorio lleno de arte miniatura, que rezaba en sus partes que quedan archivadas en las arrugas de su frente:

Que vuele,
que vuele un lagarto,
y que llame al incendio.
Silencio.
Que el almuerzo esta listo,
y no estoy invitada.
Nunca me gustó la carne jugosa,
ni los platos hondos que escondí
en el bajo mesada.
Silencio.
Golpean la puerta,
creyendo que duermo.
Que vuele,
que vuele un lagarto
desde mi escritorio,
y que llame al incendio.
Que el fuego se coma todo.
Silencio.

Algún día te voy a contar un secreto.



Patricio M. Ruiz.

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