Escalada,
a algún punto rojo del infinito.
Pienso en algún árbol muerto y me duele la falta de abrazos.
Pienso en una galeria de cemento con rieles y andenes.
Pienso en el pie izquierdo y siento el mordizco de una hormiga colorada.
Digo vuelvo, pero solamente soy un escritorio enchastrado de una plaga de bichos infimos que se van comiendo el papel y me trepan la mano con la furia de un depredador tomando con los dientes el cuello de un ciervo.
Miro por la ventana del piso catorce. Del departamento E. De la calle Thames. De una ciudad reducida a una servilleta de café.
No esta él abajo. No estoy yo.
Hago un zapping rapido por mi nuca y lo que sucede por detrás.
Me empapo de luz. Me empapo de luz blanca y piadosa. Y bajo por completo, como río por pendiente, entrando en los ojos del viento y me río porque me hace cosquillas en las palmas de las manos con las que atajo el chapuzón.
No necesito más caballitos de trapo,
ni barbas verdes,
ni olores secos con naranja y madreselva,
por el momento digo vuelvo.
Patricio M. Ruiz.