Cristian.

Me miró y me dijo que no confunda borde con extremo, una linea tiene dos extremos, pero que no siempre coinciden con el borde. Se rió gritándome que el límite no era de la linea sino del que la dibuja. Después me dio la espalda y se tiró con los brazos abiertos por el acantilado, justo en la parte más oscurecida por la ciudad, con cajas de zapatos de luz bajo consumo y ambientes cada vez más pequeños.
Intente ayudarlo, intente, pero caminé muy lentamente, y no estiré lo suficiente la mano. Vi como se desintegraba en el aire, convirtiéndose en ruido y luciérnagas flotantes, y lo que quedó de él en espuma de mar.
Era tarde de noche, y estaba todo cerrado, era un día de semana. No tenía otro amigo, y no tenía plata. No había de donde sacar algo de alcohol, y la arena molestaba a los ojos cuando la traía el viento.
El mar en invierno siempre me generó nostalgia, sobretodo por la noche, cuando se ven los tajos de las olas en el medio del negro mezcla de agua y cielo, con más agua contenida, enrojeciendose por los rayos.
Él había decidido dejar la revolución para momentos de ocio, como hobbie. Una estampilla de revolución, algo más o menos parecido a lo mío, con menos olvidos y más aciertos.
Estuve esperando aquel día desde que me susurró que estaba cansado. Y desde entonces le prometí salidas y borracheras, hombres y más hombres, todos bien formados, muy masculinos, sudados, limpios también por si sudados no le gustaban, todos desnudos en una cama llena de olor a sexo, porque si había algo que le gustaba de coger, era el olor que quedaba después de haberlo hecho.
Y se tiró. Una vez lo vi convertirse en un pájaro negro con halos azules. Pero no pudo volar, tenía un ala rota. Intento mil veces agitar las plumas para salir por la ventana del pulmón del edificio en el que vivíamos. Pero fracaso. Por un momento cuando se despidió supuse que era una broma, aunque el nunca hacía chistes, y que habiendo aprendido a volar, me iba a dar una gran muestra de su nuevo conocimiento. Pero se fugo, en espuma, luciérnagas y ruido. La espuma del mar que tanto quería, las luciérnagas para seguir llevando luz a los lugares oscuros arrastrado por el aire, y el ruido para recordarme que siempre estaría, metido en el medio, como todo ruido sordo y de voz gruesa.
Me fui, del acantilado, y me adentré en la avenida, mojada, sin autos.
No retrocedí, ni me di vuelta sobre mi propio eje, ni miré de reojo. Solamente sentí el fuego al cruzar una frontera invisible que el y yo habíamos trazado, y sencillamente, me olvide lo que era sufrir.

Patricio M. Ruiz.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Frases idiotas que la gente tiende a repetir en estas situaciones:
- Pájaro que comió, voló.
- Si lo amás, dejalo ir.

Son palabras, es difícil contrastar sentimientos contra razón dado que los últimos no resisten análisis y la razón carece de sentimientos.

Lo que importan son tus bellas palabras.